COMPROMISO SOCIAL DE LA UNIVERSIDAD
CON LA PAZ Y LA RESOLUCIÓN DE CONFLICTOS*
Hacia una Cultura de Paz
En el presente siglo, podemos identificar una cultura del desarrollo, disminuida en sus esfuerzos por generar sistemas de convivencia que supere productivamente los conflictos, no favoreciendo una correspondencia entre medios y fines coherente con los propósitos de establecer la paz. Las guerras mundiales, la era de guerra fría y el actual escenario postguerra fría, han dejado su marca paralela a las distintas empresas por introducir la paz en nuestras sociedades. Una señal evidente de este fin de milenio, de siglo y de década, es que la paz es necesario concebirla como un proceso en permanente construcción.
El esfuerzo individual y colectivo por superar situaciones de conflicto, se apoya en la capacidad humana de hacer viables formas de pensar y ejercicio de roles, que orienten y dimensionen, culturalmente, a los actores de un conflicto hacia un espacio común y nuevo, distinto a las visiones y roles que se originaron es este siglo de exclusiones, es decir, un espacio que por nuestra naturaleza humano-social acepte, conviva y se recree en la diversidad.
En este fin de siglo, y en una era dominada por el vocabulario político de las grandes revoluciones y los connotados lemas del siglo XVIII: libertad, igualdad y fraternidad, han sido demostración de la ausencia de combinatorias necesarias para construir sociedad. Esta centuria demostró que concentrarse en una o en otra ha representado peligroso para el sostenimiento de la paz y el desarrollo humano.
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_____________________* Rolando Garrido Quiroz
Director Programa de Negociación Estratégica
Universidad de Valparaíso
La Universidad, por excelencia, representa un punto de encuentro de las ideas y del pensamiento humano, en tal sentido, un espacio para la expresión de la diversidad, más ajustado al concepto de paz griego eirene, que significa armonía en el interior del grupo, por sobre el concepto de pax romana, sustentada en el orden y la autoridad.
Aquí hay dos visiones de mundo, dos construcciones de mundo, y porqué no decirlo también, como en toda organización humana, dos tipos de crear y hacer universidad, aquella que acepta la existencia de la diversidad y sabe relacionarse con ella, y por otra parte, aquella que impone en su comunidad un orden rector sin vivificar una cultura de diálogo.
La economía moderna está basada en una educación primaria, secundaria y universitaria que involucra a gran cantidad de gente. Esta consideración explica de alguna forma el hecho que, en los ciclos terminales de los procesos formativos, es decir, la educación universitaria, de cuenta de una concentración nunca antes vista de conglomerados intelectuales. Antes de la segunda guerra mundial, los intelectuales fueron una pequeña minoría sin peso demográfico, como advierte Hobsbawm, aunque con cierto estatus en la sociedad. Hoy en día, la tercera parte o más de los jóvenes siguen su educación hasta las universidades.
La importancia de esta situación radica en que miles de profesionales universitarios e intelectuales, se encuentran en proceso de ocupar cargos e insertarse en espacios claves del funcionamiento de los sistemas, conviertiéndose en una enorme fuerza demográfica, y aunque no todos tengan las mismas ideas, constituyen una nueva fuerza social que tiene y tendrá incidencia en la forma en la cual se construye el progreso y la paz social en nuestros países. Una idea sugerente al respecto, es que existe en algunos países, una correlación entre el nivel de formación universitaria y el desarrollo de actutudes y opciones más progresistas y tolerantes por parte de estas personas.
La paz es imposible entenderla, hoy en día, como ausencia de guerra. Organismos internacionales como UNESCO, definen que la mayor garantía de sostenibilidad de la paz es la promoción de una cultura de paz, que sustituya en las mentes y en las instituciones, la hegemonía de la cultura de guerra, y en este sentido, la paz arraigada, sólo será posible cuando los sistemas económicos, políticos y sociales que conllevan valores, principios, modelos de comportamiento, actitudes e instituciones, sean orientados por una Cultura de Paz y no por las lógicas confrontacionales, ésto no tan sólo por razones de principios, sino por razones de realismo y pragmatismo.
Con ello, aludimos a que la paz o la guerra son hechos culturales, como la violencia, la confrontación o la cooperación. Traduciendo el sentido ético que plantea la UNESCO, es en los procesos de enseñanza y aprendizaje en donde las universidades pueden desarrollar su compromiso social con la paz y la cultura, o mejor dicho con la promoción en nuestras sociedades de una paz activa, que reoriente el aprendizaje social hacia una cultura de paz.
La Cultura de Paz se propone una nueva sociedad, definida por el desarrollo de la tolerancia, la cooperación y participación a todos los niveles; la gestión de la práctica democrática y las políticas sociales a los niveles locales por formas de comunicación diferentes y por el desarrollo de los patrimonios ambiental y cultural. Este concepto de cultura de paz, exige, igualmente, un modelo de desarrollo económico que integre el concepto de desarrollo humano sostenible.
De acuerdo con estos conceptos, cultura la asumimos como la personalidad histórica de un pueblo o de una sociedad. Entendida así, la cultura no sólo se expresa en las bellas artes, en las artesanías , en el lenguaje, en los campos del patrimonio cultural y en todo aquello que tradicionalmente ha sido considerado tema cultural, sino también en los valores, modelos de comportamiento, instituciones, normas, formas de convivencia social, política
y económica que confieren una personalidad cultural específica, al quehacer económico, político, público, privado, recreativo, o familiar de una determinada sociedad. Bajo este enfoque, la cultura es un fenómeno siempre vivo, en evolución y abierto.
La Cultura de Paz es un nuevo paradigma necesario, urgente y vital, pero nada suntuario y que, en principio, es de menor costo y de mayor beneficio que la guerra, incluso en el concepto de la guerra como un negocio, como un crimen organizado, tan organizado como lo fue en Vietnam o en Kosovo.
La Cultura de Paz se fundamenta en la expresión de procesos de acuerdos para actuar sinérgicamente en una sociedad : acuerdos de paz, acuerdos de cooperación, de integración, de reconciliación, de convivencia, se construyen porque los actores sociales han llegado a la conclusión de que un proyecto global de desarrollo estable, sostenible, equitativo y competitivo sólo es posible en un contexto activo y dinámico de paz, pero la Cultura de Paz, es también una causa final, la razón de ser del desarrollo, si éste es concebido en función de la persona humana, la Cultura de Paz no es sólo un instrumento, sino también un fin de la persona y de las sociedades.
Una Cultura de Paz, no va a hacer desaparecer los naturales conflictos y diferencias que existen en toda sociedad, sino que se afana en concertar intereses comunes fundamentales que impiden la destrucción de la sociedad y permiten construir una nueva forma de convivencia social, basada en los valores de una paz activa
La Paz Activa
La paz no la reconocemos como un estado de tranquilidad social, mucho menos como el statu quo de las sociedades, la paz está en inextinguiblemente asociada al cambio.
Una Paz Activa, se relaciona de manera natural con los conflictos, comprende que éstos no tienen una solución, sino eventuales múltiples soluciones, según la capacidad de interacción y creatividad que desarrollen los actores involucrados en un contexto social conflictivo.
Una paz activa implica la promoción de una cultura de diálogo y el reconocimiento del otro, del diferente o adversario. Esto conlleva entre otras cosas la cultura de la tolerancia y la apertura al reconocimiento y valorización de los diferentes y las diferencias; la promoción de la cultura de la negociación hacia nuevos marcos de convivencia social; la promoción de una cultura de la concertación, que es una forma superior de la negociación, es decir, la negociación estratégica; y que significa discernir proyectos nacionales de interés común, que los actores del diálogo asumen en forma asociada, como una tarea más allá de los intereses sectoriales y partidarios, en actitud de servicio a la sociedad presente y futura.
El problema que se plantea la construcción de una paz activa ; no es sólo cuánto crecimiento económico se requiere en nuestras sociedades , sino qué tipo de crecimiento, mejor aún qué concepción del desarrollo.
En estos tiempos de crisis, que se ha manifestado en la forma de ajuste y austeridad económica para el país y para muchas universidades, es preciso ampliar el concepto de la paz como una nueva cultura del desarrollo, en donde la educación se expresa en servicio y derecho con fuerte contenido de responsabilidad social. Educar para la paz, es educar para el desarrollo, y se traduce finalmente en educar para la vida, aquella que compartimos en expresiva diversidad y que nos toca participar con sentido de herencia.
No sólo las obras de arte o arquitectónicas deberían ser patrimonio cultural de la humanidad, también la creación de infraestructura de paz, aquella que deviene del aprendizaje cultural y que es capaz de sustentar con sólidos cimientos las relaciones humanas y sociales en la nueva era que estamos proyectando.
El Compromiso de la Universidad
con la Generación de Nuevos Sistemas de Convivencia
Cuántos niños se forman en la educación básica, cuantos jóvenes egresan de la educación secundaria, o peor aún, cuántos se forman y se titulan en las universidades, sin haber incorporado o adquirido, en la formación que se imparte en el sistema educacional, una concepción suficiente y eficiente en el tratamiento de los conflictos de manera más productiva, sinérgica y activamente pacífica.
En las aulas se pueden aprender formas de resolución de conflictos que se basan en la exclusión, como la que ejecuta el profesor que expulsa de la sala a su alumno, y asimismo, éste experimenta la exclusión como forma de tratar un conflicto. Para que hablar de la violencia física o psicológica (intrafamiliar o intraescolar). Con ello, también se aprende a confrontar, evadir o negar los conflictos, es decir, la forma de tratar nuestros conflictos son de manera poderosa, experiencia y aprendizaje social.
Los conflictos pueden tener un tratamiento productivo, pero también pueden ser maltratados. Los conflictos maltratados son signo de una cultura que se subdesarrolla o maldesarrolla. Una cultura de paz es en esencia también aprendizaje cultural, el aprendizaje de nuevas y mejores relaciones humanas.
Podríamos señalar que, en muchas esferas organizacionales de nuestra cultura nacional, somos casi analfabetos en el tratamiento de los conflictos. Los tratamos según confrontemos, evadamos, o neguemos los conflictos. Imponemos nuestra voluntad a los demás, no desarrollamos una comunicación efectiva, dejamos abruptamente que las decisiones judiciales resuelvan nuestros conflictos, entre los comportamientos más típicos de nuestro cuasi-analfabetismo en resolución de conflictos, lejana a la idea de la autorresponsabilidad y proactividad en el tratamiento de ellos.
Hoy en día, la universidad para a jugar un rol distinto al que ha jugado tradicionalmente. Así como hemos dicho que las universidades están formando más gente que antes, y en los últimos 40 años, ha habido momentos en los que la iniciativa de grandes cambios, cruzando fronteras tanto nacionales como ideológicas ha surgido de las universidades. Sin embargo, la universidad tiene un papel aún más activo en la construcción de la paz por hacer, y este radica en la esencia misma de su función social; educar y fundamentalmente, educar para la paz.
Más que el desarrollo de una nueva teoría o modelo analítico en las ciencias puras o aplicadas, más que la domesticación del pensamiento sobre la idea del funcionamiento del sistema existente, el esfuerzo mayor está por descubrir e inventar una permanente resignificación de las profesiones en el tratamiento y resolución de los conflictos.
En nuestras universidades, cuántos estudiantes de ingeniería, leyes, psicología, periodismo, o pedagogía, por nombrar algunas carreras, se siguen titulando sin haber incorporado conocimientos útiles y desarrollado capacidades, habilidades, destrezas o competencias en negociación y resolución de conflictos. Es decir, aquello que más realizan en lo cotidiano de sus vidas profesionales - enfrentar conflictos e intentar resolverlos- es lo que menos presencia e incidencia tiene en los programas de estudios.
La experiencia de gerentes, funcionarios, investigadores, consultores; entre otros roles profesionales; señalan que la formación disciplinaria por si sola no basta para hacer una contribución más decisiva a la convivencia y al desarrollo de nuestros sistemas de convivencia. Es más, se reproducen patrones de comportamientos confrontacionales, evasivos, o impositivos en la forma de solucionar problemas cuando actuamos asumiendo roles profesionales.
La formación y el perfil profesional de las personas que han optado por concentrarse profesionalmente en la resolución de conflictos, resulta determinante en cuanto al enfoque, rol en su desempeño y complementariedad profesional en el contexto en el cual se desnvuelve. Así como es conocido el recurso de la guerra como una forma de resolver un conflicto, cabe cuestionarse profundamente, cuáles son las bases, supuestos y fundamentos que influyen en los procesos de análisis y gestión de conflictos de manera real en el ejercicio profesional.
Tanto antropólogos, abogados, sociólogos, arquitectos, médicos, pedagogos, psicológos, historiadores, trabajadores sociales, como diplomáticos, militares, policias, maestros, artistas, o religiosos pueden participar y participan de la inquietud humana por contribuir en la búsqueda de soluciones y la resolución de conflictos de manera activa y permanente.
El desarrollo de conocimiento aplicable para la solución de problemas que impone los desafíos del desarrollo; las alianzas estratégicas entre universidades para el desarrollo conjunto de programas académicos; el reperfilamiento en la formación profesional de un nuevo rol social para nuestros egresados, como facilitadores, mediadores y solucionadores de conflictos sociales, son algunos de los nuevos compromisos de la universidad con la paz y la cultura, o como hemos planteado en este encuentro, del nuevo compromiso universitario en este fin de milenio, con una Cultura y una Educación para la Paz.
Invierno, Julio de 1999.