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Investigación para la paz

Acerca de las negociaciones de paz

*Sergio Salinas

América Latina, estigmatizada como un continente violento ha dado una muestra clara de madurez política con las negociaciones de paz realizadas por gobiernos de los más distintos signos ideológicos con grupos guerrilleros, en una experiencia que puede ser calificada como exitosa, aunque no excenta de dificultades. La actual situación en Europa, en que pese a todos los intentos -represivos o negociadores- aún no se puede terminar con la violencia política muestra que las negociaciones de paz constituyen uno de los objetos de análisis más atractivos para la ciencia política al llegar el nuevo siglo.

La historia muestra que América Latina ha sido tradicionalmente foco de tensiones nacionales, regionales e internacionales, lo que salvo notables excepciones históricas nos permite concluir que la negociación de conflictos es un fenómeno reciente. La negociación geopolítica más importante de América Latina, que enfrentó dos partes con una gran asimetría de poder, fue la negociación sobre el Tratado de Panamá principios de siglo. En cuanto a negociaciones de conflictos en el interior de las naciones, sólo existe un antecedente previo: Venezuela.

En ese país hubo un proceso de pacificación en la mitad de los sesenta, que brinda un ejemplo notorio de voluntad de las partes por alcanzar la paz. La guerrilla venezolana, al igual que en el resto de los países, tuvo un momento de auge de los factores insurreccionales casi al momento de su nacimiento a principios de la década. Posteriormente su acción militar urbana se estancó y se trasladó a las zonas rurales.

Entre 1965 y 1966 sus máximos dirigentes inician una reflexión sobre el futuro de la lucha armada bajo el siguiente razonamiento: la guerrilla no ha sido derrotada y, por las estrategias de supervivencia, difícilmente lo será en términos militares, pero tampoco es muy probable un avance militar sustantivo que planteara a corto plazo la posibilidad de derrota del ejército.

Por su parte, el gobierno en vez de plantear como salida la represión indiscriminada, inteligentemente abrió los espacios políticos. Ante esta situación de mutuas concesiones, la guerrilla fue desmantelando sus estructuras militares e insertándose en el proceso democrático y el gobierno respetó la vida de los dirigentes y militantes. Entre 1967 1969 se dio una apertura política donde, aun existiendo comandos militares guerrilleros, el gobierno aceptó su participación electoral en 1968. A finales de 1968 se puede considerar que en el país ya existían condiciones de paz armada.

La experiencia de negociación venezolana, prácticamente quedó en el olvido durante los tormentosos años setenta, sólo a mediados de los ochenta comenzó a gestarse un nuevo proceso de negociación, esta vez en Colombia.

El proceso de paz colombiano desde sus comienzos captó la atención de cientistas sociales, politólogos y políticos. Prácticamente sin mediación internacional, desde principios de la década del ochenta se esforzaron intentos de diálogo y pacificación. Desde 1983 a 1986, tiempo en que se realizó el Diálogo de Contadora, del cual Colombia fue parte, el presidente Belisario Betancur utilizó a la política exterior como medida de política interior, y se iniciaron los altos al fuego parciales con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el M-19, y el Ejército Popular de Liberación (EPL).

El M-19 fue el primer grupo que bajo de la sierra, depuso las armas, y contribuyó a formar un nuevo sistema político en Colombia, con una nueva constitución e indirectamente contribuyendo al término del monopolio del poder que los liberales y conservadores habían gozado durante treinta años. Una de las explicaciones de esta transición excepcional se encuentra en los orígenes del M-19, fundado en el descontento provocado por el fraude electoral, tomó las armas para conquistar el derecho a participar en las elecciones y no para hacer la revolución, a pesar de que se autodefinía como movimiento revolucionario.

Como señala el politólogo mexicano, Jorge Castañeda, el M-19 ejemplificó un tránsito inicialmente afortunado de la lucha armada castrista de los años sesenta a la competencia electoral casi socialdemócrata de los noventa. Pero en vez de contribuir al cambio de la democracia colombiana haciéndola más representiva y legitimada en todos los sectores de la sociedad, cayó en los mismos vicios que criticaba en los partidos tradicionales. De cierta manera fue un nuevo partido, con viejos vicios, que formó parte de un sistema político anquilosado y desprestigiado, por lo que también entró a compartir el descrédito que lo rodea.

Pese a los retrocesos electorales que sufrió el M-19, el camino comenzado en las turbulentas tierras colombianos comenzó a ser imitado en otras latitudes: El Salvador, Guatemala y, de cierta manera, el caso mexicano muestran que la negociación este es un camino exitoso para resolver conflictos internos armados. Al mismo tiempo, el camino seguido en latinoamerica con los procesos de paz está ayudando a desestigmatizar la imagen de continente violento que nos han colocado políticos, politólogos y sociólogos de todo el orbe.

A tan sólo tres años del próximo siglo es necesario dejar de caminar entre los dos abismos peligrosos de la acción política. Por una parte, la oposición ciega a todo lo conflictivo, que lleva indisolublemente a estrategias disolutivas, es decir violentas. De otro lado, el conformismo, algunas veces rodeado de cinismo, de lo conflictivo, la impotencia de la razón, en su renuncia al esfuerzo de hallar soluciones.


La negociación como arma de paz

La rubrica, el 29 de diciembre de 1996, del acuerdo definitivo de paz entre la URNG y el gobierno guatemalteco ha vuelto a colocar en la discusión política y académica el tema de la negociación como la mejor heramienta para terminar con conflictos internos armados. El debate en este tema tiene que ser realizado con altura de miras, dejando atrás el sofismo tan característico de algunos sectores de la política chilena, que sólo busca beneficios cortoplacistas y no soluciones reales de largo plazo. Al mismo tiempo que ampliando el horizonte teórico de nuestros cientistas sociales a nuevas formas de análisis y de gestión, en un campo hasta el momento reservado exclusivamente a la elite política.

Hace más de dos milenios que nos autodefinimos como “seres racionales”, pero la conducta racional transita en un tenue equilibrio sobre el filo de una navaja entre dos grandes abismos. Por una parte, la oposición ciega a todo lo conflictivo, que lleva indisolublemente a estrategias disolutivas, es decir violentas. De otro lado, el conformismo, algunas veces rodeado de cinismo, de lo conflictivo, la impotencia de la razón, en su renuncia al esfuerzo de hallar soluciones.

La única herramienta que dispone la razón cuendo se enfrenta a conflictos insolubles no puede ser sino el del diálogo crítico, que es también el recurso para resolver los solubles. El avance de las Ciencias Políticas y de la Teoría de Conflictos apunta a que los conflictos que no pueden resolverse, pueden ser, al menos en numerosas ocasiones regulados. La regulación a diferencia de la solución o también de la disolución -que los elimina- los mantiene, pero con el compromiso de las partes de atenerse a las reglas del juego. Lo cual ya implica, obviamente, una cierto grado de negociación, intercambio dialógico de argumentos, acerca de dichas reglas.

El diálogo crítico exige adoptar posiciones simétricas y en ellos no se trata de persuadir, sino de convencer, evitando de esta forma que la parte más poderosa haga valer sus ventajas a su favor, generando un nuevo conflicto esta vez latente. Analicemos algunos datos que pueden servir para iniciar un debate sobre este tema en América del sur. En primer lugar, la historia nos muestra claramente que cuando no hay diálogo, no existen reglas ni compromisos, la violencia -en este caso represiva o revolucionaria- ha sido ama y señora. Los más de treinta mil muertos en Guatemala y Perú, los graves costos económicos, las dificultades para conformar sistemas políticos estables y en consolidar a la democracia como el mejor sistema de gobierno son pruebas de esta aseveración.

Hace algunos años, tras la derrota electoral del Frente Sandinista en febrero de 1990, la izquierda centroamericana ha vivido una compleja metamorfosis, modificando sus estrategias y buscando una nueva identidad. La mentalidad construida en la fe del triunfo político-militar, la idea de revolución, entró en crisis. Un sector comienza a realizar una lectura autocrítica del pasado de izquierda, cuya conclusión es precisa: nos equivocamos en el objetivo de hacer revoluciones que implicaran la ruptura con el sistema vigente y nos equivocamos en escoger la lucha armada como vía al poder. Algunos de los teóricos más destacados de esta línea son el teórico mexicano Jorge Castañeda y en los políticos Joaquín Villalobos (FMLN) y Sergio Ramírez (FSLN). Otros autores importantes, pero menos críticos hacia la izquierda, y que a través de su análisis buscan ubicar el espacio que tiene la izquierda guerrillera en los nuevos tiempos son el nicaragüense Iosu Perales y Helio Gallardo.

Lo cierto es que en Centroamérica comenzó a partir de 1990 una dinámica negociadora en las que participaron no sólo los grupos guerrilleros sino que los propios Estados, hasta el momento represivos y con una fe ciega en el triunfo militar, por tanto en la disolución y no en la regulación de los conflictos. La búsqueda de los ex grupos armados se encamino hacia una óptica más realista, en momentos en que el pragmatismo se impone en todo el continente, que tiene que ver con la acumulación de fuerzas sociales y políticas, sin perder la perspectiva crítica ni los objetivos más generales en su lucha contra el neoliberalismo.

La negociación como arma para alcanzar la paz y generar nuevos escenarios políticos en el continente abre como nunca la posibilidad de terminar con conflictos armados internos en nuestros países que nos han acompañado dramáticamente por cerca de cien años. Así como generar las condiciones para que nuestros sistemas de gobierno, democrático, sea más participativos y permitan que todos los sectores entregen sus opiniones para un diálogo crítico. Lo sucedido con el M-19, la URNG, el FMLN, los obstáculos en el camino hacia la paz, los avances, deben ser analizados para nuevos diálogos que se inicien. Lo que debe estar acompañado de profundos y serios análisis de la cultura de conflictos de cada país, sus especificidades, para lograr avanzar hacia el nuevo milenio con esperanzas de futuro.


Hacia la cultura de la paz

Solamente con mirar nuestros noticieros nos damos cuenta que estamos inmersos en una cultura de la violencia, pero no sólo referida a enfrentamientos armados, como los que ocurren en Zaire, Argelia y Perú, sino también a la violencia generada por las condiciones de pobreza en que viven miles de seres humanos en todos los continentes.

En este contexto sectores de intelectuales, cientistas sociales, filósofos y políticos comienzan a cuestionar la cultura imperante en nuestras sociedad, incluso calificada como cultura de la violencia por la Unesco, y abogar por su reemplazo por la cultura de paz. La llegada del tercer milenio es una buena oportunidad para comenzar a sembrar las semillas de estos cambios, ya que siempre el fin de época está acompañado de incertidumbres, vértigos, incluso miedos y desesperanzas.

Frente a un escenario tan complejo y no exento de percepciones caóticas aumenta la búsqueda de modelos teóricos, de ideas que indiquen qué elementos de la realidad son importantes y cómo se deben interpretar, en otras palabras de nuevos paradigmas como lo señaló Thomas Kuhn hace algunas décadas.

Nuestros actuales paradigmas, modelos teóricos de la realidad aceptados en un momento dado por toda la comunidad científica como una verdad que no se cuestiona, no estarán al margen de los cuestionamientos casi histéricos que se dan al finalizar un siglo. Un cambio de paradigma supone una forma nueva de enfrentar antiguos problemas y, a veces resistencia, porque obligan a reinterpretar conocimientos laboriosamente adquiridos y cuestionar el poder de escuelas o elites.

Estos cambios ya se comienzan a notar en las actuales creencias en el campo de la cultura y en los diversos sectores del campo científico al incorporar la dimensión “espacio-tiempo”, en la cual lo lineal y sucesivo ha sido reemplazado por lo simultáneo. Los nuevos avances tecnológicos, la globalización de las comunicaciones está cambiando la percepción del mundo. Un análisis -un poco simplista- permite señalar que los nuevos paradigmas favorecen la flexibilidad, el reconocimiento de las desigualdades y el aprovechamiento de esta diversidad.

En este escenario surge la reinterpretación de la paz, un valor deseado por todos y, al mismo tiempo, un concepto entendido de formas muy diversas, incluso opuestas. Como afirma Vicenç Fisas, uno de los más destacados investigadores para la paz, no se puede contar con la violencia para detener la violencia, es preciso que cada sociedad, y la humanidad entera, haga prevalecer sus objetivos generales sobre los intereses particulares. Es preciso que la práctica del diálogo y una moral del amor, o simplemente de la comprensión, modifiquen las instituciones y las costumbres.

Otras definiciones apuntan a que la paz es un estado o condición gracias a la cual los ciudadanos o los grupos interesados sacan más ventajas que desventajas, siendo su expresión la colaboración armónica y constructiva -incluyéndose en esta definición el académico inglés Adam Curle, dedicado al temas por décadas.

Por su parte, el politólogo italiano Norberto Bobbio diferencia los conceptos de paz interna, ausencia (o término) de un conflicto interno, donde por interno se entiende un conflicto entre comportamientos o actitudes del mismo actor; y paz externa, ausencia o finalización de un conflicto entre individuos o grupos diversos. La paz interna ha sido objeto de estudio para los moralistas, la paz externa para juristas e investigadores sobre la paz. Incluso las filosofías espiritualistas realizan un nexo entre estas dos concepciones, al afirmar que la paz interior es condición necesaria para la existencia de la paz exterior.

Si bien, el concepto de cultura de la paz es nuevo, los centros académicos y ongs vinculadas a la investigación para la paz llevan más de cincuenta años funcionando, principalmente en Europa y Estados Unidos. Al igual que el propio concepto de paz, la teoría en este cambio ha evolucionado, pero siempre persiguiendo la reducción de los niveles de violencia tanto directa como estructural, buscando superar conflictos armados de todo tipo, así como también los grados de desigualdad social, encontrando caminos de justicia y oportunidades de desarrollo en la diversidad social.

Los investigadores para la paz, muchas veces incomprendidos y catalogados como revolucionarios o reaccionarios durante la Guerra Fría, persiguen la adopción de una actitud crítica frente a la realidad, no avalando medios no pacíficos o destructivos para la resolución de los conflictos como algo inevitable, consustancial a la realidad política y como constituyente de la naturaleza humana.

La investigación sobre la paz es una empresa científica destinada a clarificar las condiciones bajo las que se desencadenan los conflictos, buscando si no eliminarlos, sí al menos organizar su regulación, de forma que puedan evitarse sus manifestaciones agudas, tanto en la violencia abierta como en la estructural. Entonces la investigación es humana en sus objetivos, científica en sus métodos, pragmática en sus experimentaciones, internacional por naturaleza, global en la perspectiva y está orientada a la acción en cuanto a su aspiración.

Desde hoy mismo se debe comenzar a estudiar el tema de la paz y los conflictos, científicamente y socializando cada vez más sus fundamentos y estudios; analizando las experiencias de negociación en conflictos armados -como los que ha acaecido recientemente en El Salvador y Guatemala-; realizando seminarios y encuentros sobre la resolución de conflictos sociales en Chile y en el extranjero, todos temas que nos permitirán avanzar de mejor forma en el proceso de consolidación democrática que vive nuestro continente. Y así llegar a 1999, declarado año de la cultura de la paz por la Unesco, con las primeras semillas germinando en este largo, pero necesario proceso.

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