* Sergio Salinas Cañas
Nuestros actuales paradigmas, modelos teóricos de la realidad aceptados en un momento dado por toda la comunidad científica como una verdad que no se cuestiona, no estarán al margen de los cuestionamientos casi histéricos que se dan al finalizar un siglo. Un cambio de paradigma supone una forma nueva de enfrentar antiguos problemas y, a veces resistencia, porque obligan a reinterpretar conocimientos laboriosamente adquiridos y cuestionar el poder de escuelas o elites.
Estos cambios ya se comienzan a notar en las actuales creencias en el campo de la cultura y en los diversos sectores del campo científico al incorporar la dimensión “espacio tiempo”, en la cual lo lineal y sucesivo ha sido reemplazado por lo simultáneo. Los nuevos avances tecnológicos, la globalización de las comunicaciones está cambiando la percepción del mundo. Los nuevos paradigmas favorecen la flexibilidad, el reconocimiento de las desigualdades y el aprovechamiento de esta diversidad.
En este contexto en sectores de intelectuales, cientistas sociales, filósofos y políticas comienzan a cuestionar la cultura imperante en nuestras sociedad, incluso calificada como cultura de la violencia por la Unicef, y abogan por su reemplazo por una cultura de paz.
La paz es un valor deseado por todos y, al mismo tiempo, un concepto entendido de formas muy diversas, incluso opuestas. Como afirma Vicenc Fisas, uno de los más destacados investigadores para la paz, no se puede contar con la violencia para detener la violencia, es preciso que cada sociedad, y la humanidad entera, haga prevalecer sus objetivos generales sobre los intereses particulares. Es preciso que la práctica del diálogo y una moral del amor, o simplemente de la comprensión, modifiquen las instituciones y las costumbres.
Otras definiciones apuntan a que la paz es un estado o condición gracias a la cual los ciudadanos o los grupos interesados sacan más ventajas que desventajas, siendo su expresión la colaboración armónica y constructiva -incluyéndose en esta definición el académico inglés Adam Curle, dedicado al temas por décadas.
Por su parte, el politólogo italiano Norberto Bobbio diferencia los conceptos de paz interna, ausencia (o término) de un conflicto interno, donde por interno se entiende un conflicto entre comportamientos o actitudes del mismo actor; y paz externa, ausencia o finalización de un conflicto entre individuos o grupos diversos. La paz interna ha sido objeto de estudio para los moralistas, la paz externa para juristas e investigadores sobre la paz. Incluso las filosofías espiritualistas realizan un nexo entre estas dos concepciones, al afirmar que la paz interior es condición necesaria para la existencia de la paz exterior.
INVESTIGACION PARA LA PAZ
La investigación para la paz no es un disciplina nueva en Ciencias Sociales, por más de cincuenta años ha ido evolucionando, al igual que el concepto, persiguiendo la reducción de los niveles de violencia tanto directa como estructural, buscando superar conflictos armados de todo tipo, así como también los grados de desigualdad social, encontrando caminos de justicia y oportunidades de desarrollo en la diversidad social.
Los investigadores para la paz, muchas veces incomprendidos y catalogados como revolucionarios o reaccionarios durante la Guerra Fría, persiguen la adopción de una actitud crítica frente a la realidad, no avalando medios no pacíficos o destructivos para la resolución de los conflictos como algo inevitable, consustancial a la realidad política y como constituyente de la naturaleza humana.
La investigación sobre la paz es una empresa científica destinada a clarificar las condiciones bajo las que se desencaden los conflictos, buscando si no eliminarlos, sí al menos organizar su regulación, de forma que puedan evitarse sus manifestaciones agudas, tanto en la violencia abierta como en la estructural. Entonces la investigación es humana en sus objetivos, científica en sus métodos, pragmática en sus experimentaciones, internacional por naturaleza, global en la perspectiva y está orientada a la acción en cuanto a su aspiración.
TEORIA DE CONFLICTOS
Uno de los elementos importantes y potencialmente integradores de la investigación para la paz ha sido la Teoría de Conflictos, que a finales de los sesenta encontró una marcada oposición dentro de los propios académicos. El debate principalmente se produjo porque - como señala Peter Wallensteen, director del departamento de Investigaciones sobre Conflicto y la Paz en la Universidad de Uppsala- la teorización asumía la existencia de una simetría entre las partes y pasó por alto las asimetrías básicas del sistema mundial al igual que al interior de las unidades nacionales y entidades sociales.
A partir de los vertiginosos cambios políticos en la década de los ochenta comenzó nuevamente un período de legitimación de la Teoría de los Conflictos, se comenzaron a valorar los estudios desarrollados en lo concerniente a la carrera de armamentos, las determinantes internas del armamentismo, las causas de la guerras, según la época histórica o los sistemas políticos, y la gran cantidad de estudios y metodologías para la regulación o negociación de conflictos.
Estos estudios permitieron internalizar en el imaginario colectivo la idea de que no sólo es racional evitar o resolver conflictos, sino también la disposición a convivir con ellos, la comprensión de que, tras cada conflicto resuelto hay que esperar la eclosión de uno nuevo. Entonces los conflictos sociales son consustanciales a la democracia y por ende de la gobernabilidad. Los conflictos son necesarios, constituyen el motor del cambio social y vienen generados por la incompatibilidad de intereses entre grupos humanos. Para algunos autores los conflictos sociales tratan de la posibilidad de conseguir más oportunidades vitales y de la posibilidad de defender los niveles conseguidos.
TIPOS DE CONFLICTO
Intentar realizar un análisis comparado en América Latina desde la Teoría de Conflictos nos permite extraer algunos importantes elementos para ser considerados en una discusión sobre este tema y para sentar bases para un cambio cultural.
En primer lugar, casi no existen conflictos estructurales, los que son definidos como aquellos en que el conjunto social (o sus partes) tiene intereses incompatibles, aunque no existe conciencia de ello en la sociedad. Si bien no representa un tipo puro, el caso mexicano pudo haberse inscrito en esta tipología hasta el levantamiento de Chiapas, que provocó un remecimiento en la sociedad mexicana. El conflicto estructural que vivía el país azteca se transformó en un conflicto de actores por la formación de conciencia en bastos sectores de la sociedad y la organización de los indígenas chiapanecos que transformó los intereses regionales de reconocimiento y transición a la democracia en objetivos nacionales.
De esta manera la mayoría de los conflictos sociales en América Latina son de actores, los que persiguen objetivos incompatibles entre sí. En este caso, más allá de la conciencia, hay objetivos claros y una actividad para organizar el conflicto. Además de los actores sociales tradicionales, en los últimos años otros actores han provocado el cambio de conflictos estructurales a de actores, entre ellos destacan los movimientos ecologistas y los movimientos indígenas. Los intereses de estos grupos, que en la década pasada eran muy minoritarios al estar sumidos por la fiebre ideológica de cambios societales, se están convirtiendo con mucha fuerza en nuevos objetivos en la actual sociedad, incluso algunos de los cuales pueden convertirse en nuevas ideologías.
En Chile los nuevos actores no han logrado conformarse en grupos de presión fuertes, sólo constituyendo grupos de interés, con un emergente posicionamiento en el escenario político nacional. De esta forma la mayoría de los conflictos sigue teniendo como protagonistas a los actores tradicionales, ya sean partidos políticos, sindicatos, profesores, médicos y empresarios agrícolas.
En segundo lugar, al analizar los conflictos en torno a los protagonistas se puede señalar que la mayoría se mantiene al nivel de personas (uno o más adversarios) o sociedades (relaciones entre diferentes categorías o grupos) no existiendo grandes conflictos en sistemas (interacciones entre adversarios dentro de un mismo sistema social). Los casos aislados se encuentran en Colombia, México y de manera latente en Centroamérica, mediados los últimos casos por procesos de paz.
En tercer lugar, algunos países, como México, Perú y Colombia, presentan un desgastado respaldo a las tradicionales reglas para la resolución de conflictos, que evitaban su desbordamiento en violencia y que suponían un procesamiento no partidarizado del diferendo. Lo que sumado a que no existe un acuerdo pleno para la aceptación de reglas procedimentales propiamente democráticas, que a partir del respeto al principio de mayoría, limitado por los derechos de las minorías, permita procesar los conflictos internos a través de vías electorales, presentan escenarios altamente conflictivos, con agudas manifestaciones de violencia antisistémica.
En ambos casos toda la política nacional está cuestionada, no apreciándose un fómula de recambio, basada en la unión de la clase política, la reconciliación partidista y la búsqueda de paz.
En Colombia la crisis socio-política se ha descentralizado, antes sólo se sentía y resolvía en la capital, Bogotá. Actualmente se siente en ciudades intermedias, principalmente en Medellín, Cali, Barranquillas, Bucamaranga y subregiones que dependen de ellas. La actual ofensiva guerrillera ha ampliado el radio de acción por toda la geografía colombiana, en circuntancias que hasta el año pasado sólo se mantenía en ciertas zonas producto casi de un acuerdo tácito con el Estado. La guerrillera es un verdadero poder económico, con un capital calculado en más de un millón de dólares diarios, principalmente logrado a través de acciones de secuestros y extorciones.
Además, Colombia debe seguir afrontando la constante aparición de grupos paramilitares, el influjo recurrente del narcotráfico, la desaforada extensión de delincuencia común que son clara muestra de la incapacidad de la clase política y del entramado constitucional para gestionar acertadamente los asuntos públicos. El estado ha perdido su legitimidad porque no consigue representar a la nación enfrascada en la guerra. La sociedad está en una verdadera prisión de intereses privados. En este escenario el Proceso 8.000, que busca dilucidar la supuesta relación del presidente Samper con el narcotráfico, resulta clave para el futuro colombiano.
En el caso chileno se siguen utilizando las tradicionales reglas para la resolución de conflictos, pero con un componente más político que técnico, buscando evitar los conflictos o si es inevitable tratando de ganarlos. Como hemos señalado anteriormente esta metodología sólo consigue detener los conflictos momentáneamente, dejándolos latentes. Al mismo tiempo se está consolidando una cultura de conflictos que apunta a que el llamado “underdog” o parte subordinada tiene que protagonizar movilizaciones en la etapa de pre-conflicto para lograr ser aceptado como parte y escuchado. Como tal reconocimiento significa un cambio en la correlación de fuerzas, el topdog o parte dominante habrá de resistir y de ahí derivar en lucha. Por último, resulta peligroso la aparición de una tendencia que apunta a la excesiva duración de los conflictos, lo que comienza a demostrar una falla en los canales institucionales para su encausamiento institucional.
La atención entonces tiene que estar dirigida a las diversas causas e intervenciones que presenta la esfera del conflicto, las que la mayoría de las veces se dan interrelacionadas. Sólo un cabal conocimiento de la geografía y la cultura de conflictos que impera durante la consolidación democrática permitirá a nuestros gobernantes buscar formas más o menos rigurosas y estandarizadas de regular los conflictos garantizando de esta manera una buena gobernabilidad y de esta manera comenzar un lento, pero necesario caminar hacia el cambio de la cultura de la violencia a la cultura de la paz.
* Periodista, Magister en Ciencia Política, investigador para la paz. Artículo publicado en el suplemento Temas, sección Ideas deldiario La Epoca del 9 de marzo de 1997
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