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LA COMUNIDAD MORAL

 

 LA COMUNIDAD MORAL

 

            En este artículo tratare de plantear un tema de por sí complejo y para el cual no tengo la preparación adecuada para aproximarme con la profundidad que  merece el caso de estudio que pretendo abordar, pero mí conciencia me replica que es necesario ponerlo en la mesa de discusión, en especial cuando percibo a una sociedad descompuesta moralmente, mí preocupación me aturde cuando presiento que hemos dejado de hablar acerca de nuestros seres morales; sin embargo, reconozco que mí inquietud tiene que ver con la mirada de mí valores e intereses, es posible que mí “estado de alarma” no sea observado igual por otros sujetos, donde sus miradas probablemente estén enfocadas en otros vértices del objeto de estudio; mí único objetivo es intervenir con sentido crítico, aunque reafirmo estar consciente del subjetivismo de mí mirada.

            ¿La sociedad venezolana está descompuesta moralmente?, ¿Se está construyendo otra ética?, para dar respuestas a estas preguntas es necesario ubicarnos en un marco contextual que nos permita identificarnos como sujetos morales; decir “ que algo sea moral o extramoralmente bueno o malo, remite con frecuencia a normas. Una norma, entonces, cumple la función de ser una especie de indicador de acción.  …cumplir a cabalidad con las normas de un juego es una de las condiciones para jugar bien ese juego; (…); atenerse a las reglas morales (…) es actuar bien”, ( Uribe: 1998, p. 118 <las negrillas son propias>).

            Desde la campaña presidencial de 1998 y durante este período revolucionario, el de los cambios profundos, a la sociedad venezolana se le planteo  participar en un juego que permitiera construir una Nueva Venezuela, para lo cual se debía aceptar nuevas reglas, distintas a las planteadas en el Pacto de Puntofijo, reglas que incluso tenían y siguen teniendo un fuerte contenido ético y moral, gran  parte de nuestra sociedad aceptó jugar con las nuevas reglas; sin embargo, los actores principales del nuevo Régimen, los que propugnaron las nuevas reglas, comenzaron a distorsionarlas, me atrevería a decir, sin dejar a un lado mí consciente subjetivismo, que incluso no estaban dispuestos a cumplir con las reglas de ese juego, vemos las constantes violaciones a la Constitución Bolivariana de Venezuela; además el discurso moral se ha distanciado de la praxis, lo cual permitiría que el otro actor del juego, es decir, la sociedad venezolana, dejará de seguir jugando.

Si bien una parte importante de esta sociedad pareciera que dejó de jugar el juego revolucionario y de los cambios profundos, ¿Qué ocurrió con esa misma sociedad moralmente hablando, que no ha ejercido la presión moral que hace que las normas morales valgan?, y creo que estamos hablando de sujetos que votaron por unas nuevas reglas de juego que proponían un fuerte contenido moral, ¿Donde se distanciaron ambos caminos –discurso moral con praxis moral-? o,  ¿Nunca existió el discurso moral, ¿era un simple espejismo?? o, ¿La descomposición moral de esta comunidad moral ha mermado de tal forma la capacidad de presionar moralmente para hacer valer las normas?.

Es imposible que esa comunidad moral no haya percibido, que los nuevos actores políticos tienen un discurso moral que no encaja con sus prácticas políticas y, por ende, morales. “Cuando un miembro de la comunidad moral procede mal moralmente, entonces, él lo que hace es romper una especie de contrato tácito, afectivo, (…) e interno, que genera en los otros el sentimiento reflejo de la vergüenza moral; es decir, los otros se ven a sí mismos resentidos o indignados. (…). Que alguien  carezca de esta capacidad de sentir vergüenza (…) genera en el indignado, sobre todo, el temor inevitable a que los fundamentos mismos de la comunidad moral con la cual se identifica se vean en claro peligro. La complicada estructura que se monta sobre la base de los sentimientos morales se construye, precisamente, a partir de las exigencias por parte de los miembros de la comunidad moral de ser de tal manera que ante determinadas acciones propias o ajenas ellos se indignen, se resientan o se avergüencen, según el caso”. (Uribe: 1998, p. 120).

No estoy diciendo con ello que esa parte de la comunidad moral no se indigne, se resienta o se avergüence consciente o inconscientemente, aunque claro que la decisión de avergonzarse, de sentir indignación o resentimiento ante determinados actos de los otros, no es mucho más que mía. Lo que trato de plasmar es que si bien puede existir indignación, vergüenza o resentimiento, pareciera que la justificación para entendernos a sí mismo como miembros de la comunidad moral, se está desvaneciendo ante  la descomposición moral que nos debilita como seres morales: ¿Porqué?: Cuándo reflexiono sobre  “¿Quién quiero ser?” , “¿Cómo quiero vivir?, debería incluir al otro –o sus intereses- e incluso el reflexionar es un ejercicio que incluye un conjunto de reglas que rige para un sistema moral y social, pero si ese conjunto de reglas entra en conflicto con mis expectativas en relación con lo que quiero o no quiero ser,  es, entonces, cuando decido si quiero ser o no miembro de la comunidad moral.

Las razones que motivan esa descomposición moral, se derivan entre tantas al hecho de que se percibe cierto desigualitarismo que genera la extraña convicción de que unas personas y sus derechos cuentan más que otras, cuando se rompe ese tenue hilo de reconocimiento recíproco, como sujetos de derechos, o lo que es lo mismo, que tienen deberes para conmigo, se comienza a debilitar los seres morales que somos, ya que el tener derechos significa que debe existir una instancia legal o moral a la cual apelar en el caso de que ese derecho sea infringido, lo cual se agrava, en los actuales momentos, por la ausencia de reglas claras de juego y por unas instituciones debilitadas que carecen de capacidad para responder a las demandas de un colectivo.

Asistimos a la anarquía de un sistema y a una comunidad desorientada, confundida, aturdida, desconfiada de unas reglas de juego que profundiza las diferencias en un sentido negativo; se reconoce las diferencias, el gobierno las ha dejado bien claras, pero ¿Reconocemos las diferencias?, ¿Existe una sociedad que se resiste a reconocerse diferente?, ese no reconocerse como diferentes en el plano económico, motivado por la cultura del ingreso petrolero, y recientemente el no reconocerse como iguales moral y políticamente: ¿Contribuirá aún más a profundizar esa descomposición moral?, o más bien, ¿Existe una sociedad que desea reconocerse como diferentes y pensarse como iguales moral y políticamente?, respuestas que sólo se podrán obtener con el tiempo, habrá que observar: Si se está construyendo una nueva representación moral, o si la sociedad se reapropiará o se desapropiará de sus seres morales.

Laura Danuska Scarano

 

             

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