AUTORITARISMO O PARTICIPACION:
EL NEGOCIAR EN DEMOCRACIA
Acogemos con agrado la idea presentada por diversos intelectuales nacionales -como Moulián, por ejemplo- según la cual nuestra organización política no se despoja de su carácter profundamente autoritario. Puede advertirse, desde luego, en la propia Constitución Política y en instituciones archi-conocidas como los Senadores « institucionales », el Tribunal Constitucional, el Consejo de Seguridad Nacional, etc.
Por ahora, nos interesa, sin embargo, un autoritarismo más sutil del cual somos prisioneros de manera cotidiana. Humberto Maturana le llamó en alguna oportunidad el de la objetividad sin paréntesis. Se trata de actuar en lo social, esto es, planificar, organizar, decidir, ejecutar, etc. con el solo mérito de mis propias convicciones. De esta manera, la decisión del lugar de una central hidroeléctrica, el cierre de una mina de carbón, una reforma educacional o cualquier otro asunto de interés público da fundamentalmente cuenta de las convicciones « técnicas » de los profesionales ministeriales que les toca intervenir en un asunto. Rara vez, en efecto, es fruto de un auténtico intercambio entre personas o grupos de personas de otras convicciones, « técnicas » o de otra naturaleza.
Nuestra ideal social y político tiene que ver con una realidad construida en un incesante intercambio entre las partes que componen la diversidad que es una nación. En ocasiones a este intercambio le llamaremos reflexión. Las más de las veces, porque se busca más bien con pragmatismo soluciones razonables, le llamaremos negociación. Pero que se entienda bien: no nos referimos a una pseudo-negociación que camufle una simple rendición pactada; por ejemplo, una negociación que solamente abarque aspectos marginales de un determinado problema y que en los aspectos esenciales una de las partes imponga su parecer. Nos referimos a una negociación que, incluso en sus aspectos esenciales, acepte la incertidumbre.
No estamos plenamente convencidos de específicos « contenidos », de « finalidades », de « programas » sino más bien estamos atónitos del proyecto de país que se nos impone. Palpamos las perversiones que lleva aparejada la llamada modernización, el capitalismo salvaje -medio liberal, medio autoritario- tal cual se propone en nuestro país. Preferimos, en consecuencia, poner el acento en el procedimiento de construcción de una vida en común, para todos y sin exclusión. Preferimos discurrir sobre las condiciones que han de respetarse en un proceso deliberativo democrático. Preferimos la construcción de decisiones negociadas por las múltiples diversidades que componen nuestro ser nacional.
Diremos, junto con un conocido sociólogo portugués, que el desafío político de los países del sur va mucho más allá que modernizar. El desafío político mayúsculo, junto con modernizar, es posmodenizar. Esto significa enfrentar los nuevos desafíos tecnológicos conjuntamente con desafíos sociales que permitan vivir en una sociedad verdaderamente en paz.